MOSCÚ -- El Olimpo cerró sus puertas. Y él se quedó fuera. Aunque, podrá, seguramente, Lionel Messi, seguir levantando trofeos en España, y haciendo delirar a la tribuna en esa Liga.

Pero la deuda será eterna con su selección, su país, su gente, su sangre, su patria. Leo será más orgullo español que argentino; su heráldica relatará hazañas en Cataluña y fracasos en Argentina.

Este sábado, Lionel Messi volvió a deambular en el juego. Y que esa excelencia futbolística, ese dechado de talento que le acompaña en España, nuevamente en la cita determinante con la albiceleste, volvió a carecer del fervor competitivo de los grandes genios: Maradona, Pelé y hasta Garrincha.

Exculpar a Messi ensañándose con los evidentes errores de Sampaoli, sería una salida ridículamente falsa.

¿No acaso se hablaba de que Leo manipulaba las alineaciones y ordenaba los cambios a Sampaoli?

¿No acaso el mejor jugador del mundo, puede elegir dónde juega, cómo juega y con quien juega como ha ocurrido en el Barcelona?

Este sábado, Messi nada tuvo que ver en los sufrimientos de Francia, pero sí carga con la responsabilidad del penar de Argentina. La desesperada respuesta albiceleste fueron estertores de furia de los jugadores que él abandonó.

Ahora es fácil recapitular para exonerar a este futbolista de inobjetable talento, por encima de todos. Tan fácil como asegurar que Maradona, Tata Martino y Sampaoli lo boicotearon. ¿Y él, sumiso, entregado?

Exonerar al mejor futbolista del mundo explicando que se enganchó en el naufragio colectivo, es una forma fácil de indultarlo.

Porque precisamente él debía ser, sin voz de mando, sin gritos autoritarios, sino solamente con el arsenal inigualable de su futbol, el caudillo de sus desamparados.

Su racha se mantiene: en las fases de eliminación directa, sigue sin marcar gol, y sigue sin ser determinante, cuando las sirenas de Argentina empiezan a ulular por una mano salvadora.

Sin duda, cabe la posibilidad de disfrutarlo en los perímetros de su espacio generoso de competencia, la Liga de España, y tal vez el mundo entero abuso, exigiéndole, suplicándole que se consagrara como el mejor del mundo en el altar supremo de una Copa del Mundo.

Porque, queda claro, no basta acumular trofeos en el confort de competencias regionales, sin hacerte presente en una Copa del Mundo, porque para ratificar que se es el mejor futbolista necesita el bastón de mando de la gloria indiscutible.

Ganar todo en el vecindario del Barcelona, jamás llenará el buche ansioso e infeliz de los aficionados argentinos.

Son dos universos aparte, y bien lo ha dicho Maradona, que en este momento, ciertamente, no es el mejor referente de ejemplo: "El título con Argentina (México 86) es más importante y valioso que todos los otros que pude ganar".

Pero el mismo Messi lo ha manifestado: "Cambiaría todos los balones de oro, por un título con Argentina".

Pues hoy, abdicando totalmente ya a esa camiseta, a esa capitanía que nunca ejerció con Argentina, desertó a cualquier compromiso real en el futuro.

Ante Francia, nunca apareció. Ni fue el conductor, ni fue el señuelo, ni fue el genio, ni fue el líder. Lionel nunca fue Messi.

Y como bien reconocen algunos analistas argentinos: ha sido la representación más pobre de los números 10 que han vestido la albiceleste, al carecer de todo el fragor, la rabia, el hambre, que significa portar el gafete y ese número.

Ahora Argentina se liberará de la esclavitud de la "Messidependencia". A partir de hoy, cada uno hará su vida por separado. Lionel divirtiendo a Cataluña y en Argentina alargando el ayuno por 32 años.

Messi será el prócer del Barcelona, pero deberá cargar con el estigma del desertor ante los grandes reclamos que siempre le ha hecho Argentina.

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