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Osorio tratará de disputarle la posesión a Brasil
Viñeta Rafa Ramos

SAMARA -- Ciertamente fue un ridículo: se vieron como esos bobalicones y ternuritas de cachorros que persiguen infatigablemente su propio rabo.

Pero más allá de ese delirio de acoso que exhibieron algunos jugadores del Tri en redes sociales, debemos quedarnos con los juramentos aislados.

Creamos, porque no hay motivo para dudar, que, como afirman en su gacetilla, sanarán heridas, resanarán errores y se pondrán en pie de guerra ante Brasil.

Por eso, algo es cierto: el mejor México posible saldrá este lunes a la cancha de la Arena Samara ante los poderosos brasileños del clavadista Neymar.

Cierto también: esto no garantiza nada, pero, cierto también, está más cerca de una hazaña, como debe considerarse el vencer a Brasil.

Pero, al final, y por eso podemos creer en las promesas, detrás de los lloriqueos innecesarios, que emitieron Javier Hernández, Rafa Márquez y Marco Fabián.

Partamos de eso: la mejor selección disponible salta ante Brasil. Puede ser insuficiente, puede ser suficiente, pero debe ser imprescindible e innegociable.

¿Y entonces? Evidentemente Juan Carlos Osorio ha diseccionado a Brasil. Y aunque se le indigestan los cambios, y se obnubila en los tiempos y en la elección de jugadores para hacer sustituciones a veces, parece tener muy en claro la trascendencia colosal de la cita.

Ya demostró su habilidad. Supo acertar ante Alemania y ante Corea del Sur. Y supo acertar hasta para equivocarse, conscientemente, ante Suecia, según lo dijo en la conferencia de prensa. "Mi pecado", subrayó.

Hay entrenadores que intentan ponerle la cereza al pastel con películas de motivación o con poderosas arengas antes del partido.

Rudy, por ejemplo, fue durante mucho tiempo el filme prodigioso que usaron los entrenadores de cualquier disciplina. Si Rudy, pudo, tú puedes.

Pep Guardiola usaba pasajes de la película Gladiador en algunos momentos con el Barcelona, y entrenadores de futbol americano ajustan su propia versión a la aseveración de Vince Lombardi: "La victoria no es lo más importante, es lo único".

George Steinbrenner decía que "ganar es la segunda cosa más importante, sólo después de respirar. Entonces, respiro, después gano".

Uno de los discursos más intensos en alguna película sobre deportes, es sin duda la de Al Pacino en el papel de Tony D'Amato, en Any Given Sunday.

"Cualquier domingo de estos, van a ganar o perder. El punto es: pueden ustedes ganar o perder como hombres", expone Pacino/D'Amato después de una fuerte arenga de varios minutos.

Insisto: Osorio y los jugadores, ante Brasil, ante el muro infranqueable detrás del cual está el Quinto Partido, van a presentar este lunes al mejor México posible.

Y no es novedoso. Porque seguramente lo intentaron Miguel Herrera ante Holanda, y Javier Aguirre jugando con diez (sí, con el Bofo Bautista) ante Argentina, y Ricardo LaVolpe ante la misma albiceleste.

Y si hay algo en lo que coincido plenamente con el técnico colombiano es en aquella reflexión infidente previa al juego con Alemania: cada jugador debe saber qué quiere y qué tanto lo quiere. Ese, el secreto de jugar por el juego.

Antes del partido entre México y Estados Unidos para definir el boleto a la Copa Confederaciones en el Rose Bowl de Pasadena, un relajado y dicharachero Ricardo Ferretti, se sinceró.

"Yo ya les enseñé todo lo que tenía que enseñarles a estos cabrones... ahora está en sus manos (vencer a Estados Unidos)", dijo encogiéndose de hombros. Y ocurrió.

Este domingo, el mismo Osorio se acercó a Hérculez Gómez durante el reconocimiento de cancha, y la frase tiene muchas implicaciones: "Uno se prepara toda la vida para un partido como estos (ante Brasil)".

Y aquí, ante Brasil, encaja una de las medias verdades de Ricardo LaVolpe: "El 90% del resultado es de los jugadores, el 10% es del entrenador".

Este lunes, ante Brasil, queda claro, a partir del silbatazo, el 100 por ciento del partido estará en las gónadas, en el talento, y en el que cada jugador sepa lo que quiere y cuánto lo quiere.

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Viñeta Rafa Ramos
MOSCÚ -- El Olimpo cerró sus puertas. Y él se quedó fuera. Aunque, podrá, seguramente, Lionel Messi, seguir levantando trofeos en España, y haciendo delirar a la tribuna en esa Liga.

Pero la deuda será eterna con su selección, su país, su gente, su sangre, su patria. Leo será más orgullo español que argentino; su heráldica relatará hazañas en Cataluña y fracasos en Argentina.

Este sábado, Lionel Messi volvió a deambular en el juego. Y que esa excelencia futbolística, ese dechado de talento que le acompaña en España, nuevamente en la cita determinante con la albiceleste, volvió a carecer del fervor competitivo de los grandes genios: Maradona, Pelé y hasta Garrincha.

Exculpar a Messi ensañándose con los evidentes errores de Sampaoli, sería una salida ridículamente falsa.

¿No acaso se hablaba de que Leo manipulaba las alineaciones y ordenaba los cambios a Sampaoli?

¿No acaso el mejor jugador del mundo, puede elegir dónde juega, cómo juega y con quien juega como ha ocurrido en el Barcelona?

Este sábado, Messi nada tuvo que ver en los sufrimientos de Francia, pero sí carga con la responsabilidad del penar de Argentina. La desesperada respuesta albiceleste fueron estertores de furia de los jugadores que él abandonó.

Ahora es fácil recapitular para exonerar a este futbolista de inobjetable talento, por encima de todos. Tan fácil como asegurar que Maradona, Tata Martino y Sampaoli lo boicotearon. ¿Y él, sumiso, entregado?

Exonerar al mejor futbolista del mundo explicando que se enganchó en el naufragio colectivo, es una forma fácil de indultarlo.

Porque precisamente él debía ser, sin voz de mando, sin gritos autoritarios, sino solamente con el arsenal inigualable de su futbol, el caudillo de sus desamparados.

Su racha se mantiene: en las fases de eliminación directa, sigue sin marcar gol, y sigue sin ser determinante, cuando las sirenas de Argentina empiezan a ulular por una mano salvadora.

Sin duda, cabe la posibilidad de disfrutarlo en los perímetros de su espacio generoso de competencia, la Liga de España, y tal vez el mundo entero abuso, exigiéndole, suplicándole que se consagrara como el mejor del mundo en el altar supremo de una Copa del Mundo.

Porque, queda claro, no basta acumular trofeos en el confort de competencias regionales, sin hacerte presente en una Copa del Mundo, porque para ratificar que se es el mejor futbolista necesita el bastón de mando de la gloria indiscutible.

Ganar todo en el vecindario del Barcelona, jamás llenará el buche ansioso e infeliz de los aficionados argentinos.

Son dos universos aparte, y bien lo ha dicho Maradona, que en este momento, ciertamente, no es el mejor referente de ejemplo: "El título con Argentina (México 86) es más importante y valioso que todos los otros que pude ganar".

Pero el mismo Messi lo ha manifestado: "Cambiaría todos los balones de oro, por un título con Argentina".

Pues hoy, abdicando totalmente ya a esa camiseta, a esa capitanía que nunca ejerció con Argentina, desertó a cualquier compromiso real en el futuro.

Ante Francia, nunca apareció. Ni fue el conductor, ni fue el señuelo, ni fue el genio, ni fue el líder. Lionel nunca fue Messi.

Y como bien reconocen algunos analistas argentinos: ha sido la representación más pobre de los números 10 que han vestido la albiceleste, al carecer de todo el fragor, la rabia, el hambre, que significa portar el gafete y ese número.

Ahora Argentina se liberará de la esclavitud de la "Messidependencia". A partir de hoy, cada uno hará su vida por separado. Lionel divirtiendo a Cataluña y en Argentina alargando el ayuno por 32 años.

Messi será el prócer del Barcelona, pero deberá cargar con el estigma del desertor ante los grandes reclamos que siempre le ha hecho Argentina.

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